Humedales manchegos

Uno de los rasgos que definen a los humedales es su gran diversidad de ambientes. En Castilla-La Mancha se han inventariado 271 humedales de origen natural, dentro de los cuales existen una gran variedad de génesis: Kárstico, estructural, fluvial, eólico, volcánico, complejos endorreicos, turberas, etc.

Los principales factores que explican la abundancia y variedad de humedales en La Mancha son la planitud del relieve y un régimen de precipitaciones semiárido que determinan el escaso poder erosivo de la red fluvial y, por lo tanto, el carácter endorreico de gran parte del territorio, donde las aguas se acumulan en pequeñas cubetas y depresiones del terreno.

A su vez, otros muchos factores contribuyen en la génesis de las cubetas. Los hay de origen fluvial, como la Chica y la Grande de Villafranca de los Caballeros; Kársticas, como Navahonda, Pozo Airón o las Celadillas; condicionadas por estructuras sinclinales, como Retamar o La Vega; de origen hidroeólico, como Cerro Mesado, etc.

Por último hay que señalar la existencia de un tipo de humedal muy particular: las tablas o encharcamientos fluviales que se producían en las llanuras de inundación donde confluían las aguas superficiales con el afloramiento de las aguas subterráneas, lo que ocurría en los tramos bajos de los ríos Riánsares, Gigüela y Záncara o en el tramo del Guadiana en las famosas Tablas de Daimiel.

Torcas y tobas en el Sistema Ibérico

En las serranías del Sistema Ibérico predominan las calizas de origen mesozoico, condicionando la existencia de un paisaje kárstico, donde la solubilidad de las rocas calizas favorece la génesis de un importante conjunto de cubetas, entre las que cabe destacar las torcas.

Las más conocidas son las que se localizan al sureste de la ciudad de Cuenca, formando dos complejos: el torcal de los Palancares, donde hay 23 torcas, en las cuales se acumulan aguas temporales; y el torcal de Cañada del Hoyo, con más de 20 torcas, muchas de ellas con aguas permanentes gracias a su conexión con el acuífero.

En torno al municipio de Arcas del Villar, se encuentra un tercer complejo de 35 torcas que constituye un enclave de gran interés por el desarrollo y buen estado de conservación de su vegetación acuática. Junto a las torcas, existe otro tipo de humedales con una morfología muy distinta, que están ligados a valles fluviales o a surgencias que en ocasiones han dado lugar a la formación de barreras tobáceas. Dentro de este tipo destaca la laguna de Somolinos, al pie de la Sierra de Pela en Guadalajara; la laguna de la Taravilla, encajada en el valle del Alto Tajo; y, en Cuenca, las lagunas de Alcantud, Tobar, Uña y Marquesado, estas tres últimas con depósitos de tobas que han contribuido al represamiento de las aguas.

Humedales de los Montes de Toledo

Al pie de las sierras cuarcíticas de los Montes de Toledo se desarrollan las rañas. Sobre estas planicies pedregosas de cantos cuarcíticos y empastados en arcillas es donde se localizan la mayoría de humedales de esta área.

Hay dos núcleos: el primero en Toledo, en torno a San Martín de Montalbán, formado por un conjunto de navajos de aguas dulces y temporales; y el segundo, en Ciudad Real, en los términos de Horcajo de los Montes y Alcoba, donde se encuentran la laguna de la Raña y la laguna Grande, y, algo más al sur, la laguna de Tobarejo.

Existe además una laguna con unas características muy diferentes, la laguna de los Cuatro Cerros, ubicada en la Sierra de Miraflores, en el Parque Nacional de Cabañeros.

Las Lagunas de Ruidera, un enclave extraordinario

En el Campo de Calatrava, junto a conos y otros edificios volcánicos, destaca la existencia de amplios cráteres de explosión que constituyen las cubetas de un conjunto de humedales de indudable valor.

Según la ubicación de estos cráteres se pueden diferenciar tres grandes conjuntos: las lagunas de sierra, como la laguna de Fuentillejo en Valverde, Lomillos, Carbonera, Cervera; las lagunas de piedemonte, como las Navas de Malagón, la de Caracuel, Carrizosa o Perdiguera; por último, las lagunas de llanada, como la Blanca de Argamasilla, Dehesa en Cabezarados, o la del Prado en Pozuelo de Calatrava.

En la Depresión del Tajo se localizan dos áreas con humedales: la primera en Guadalajara, entre los ríos Henares y Jarama, sobre un rañizo muy impermeable, lo que favorece la aparición de pequeñas cubetas de aguas dulces entre las que destacan las lagunas Chica y Grande de Puebla de Beleña.

La segunda área de la Depresión del Tajo se encuentra en Toledo, próxima a Talavera de la Reina, con pequeñas lagunas de aguas dulces que aparecen sobre depósitos detríticos y, por tanto, ligadas a acuíferos locales, entre las que destacan las lagunas del Chorrillo y del Castillejo.

El Campo de Montiel es una altiplanicie labrada sobre una serie de calizas, dolomías y carniolas mesozoicas. Es por esta altiplanicie por donde el Alto Guadiana discurre formando las famosas Lagunas de Ruidera. Se trata de quince lagunas que se disponen escalonadamente a lo largo del Alto Guadiana, formando uno de los enclaves más importantes de Europa, en lo que se refiere a la sedimentación de carbonatos fluviales. También en el Campo de Montiel se encuentra, entre otras, la Laguna del Arquillo y el complejo de humedales de El Bonillo-Lezuza y el Ballestero. Se trata de navajos y pequeñas depresiones de origen kárstico, que en la actualidad están muy degradadas, especialmente las últimas, por la actividad agrícola.

En el sureste de Albacete, entre los Campos de Hellín y Tobarra y la Cuenca de Almansa, se encuentra el complejo de humedales de Pétrola-Corral Rubio-La Higuera, donde destacan las lagunas de Pétrola, del Salobralejo, del Saladar y de Hoya Ras. Todas ellas, como sus nombres indican, caracterizadas por la salinidad y temporalidad de sus aguas.

Algo más al sur se encuentran otras dos lagunas, la de Ontalafia y la de Alboraj.

Las dehesas y las arboledas de ribera, una vegetación emblemática de Castilla-La Mancha

Como consecuencia de factores climáticos, topográficos, del sustrato rocoso y del suelo, además de la acción transformadora del hombre, las formaciones vegetales más representativas son las formaciones de coníferas, entre los que destacan las de pinos y sabinas, y los bosques de frondosas del género Quercus. A veces, frondosas y coníferas forman bosques mixtos naturales, de escasa extensión pero alto valor ecológico, en hoces, cortados y umbrías.

Dominan los pinares, repoblados algunos pero también hay masas naturales, sobre todo, donde el bosque alcanza mayor cota, en las altas sierras y parameras. Otro bosque de coníferas propio de las frías parameras y sierras es el de sabina albar.

Los bosques de frondosas son de quercíneas y se pueden distinguir cuatro tipos, según domine una u otra especie del género Quercus.

De acuerdo a un orden ecológico, se pasa de la formación más rústica, los encinares, a los alcornocales que toleran poco grandes amplitudes térmicas y solo se encuentran en Ciudad Real y Toledo. Les siguen las formaciones de quejigar que soportan una sequía estival moderada y solo son importantes en Guadalajara. Finalmente, los robledales de melojo son más exigentes en lluvia y no soportan la sequía estival.

Un caso emblemático de la Región son las dehesas, sobre todo de encinas y alcornoques, que se encuentran cuando pastos o cultivos conservan árboles aislados o breves bosquetes, en un ecosistema agroforestal bastante armónico. Tampoco hay que olvidar las arboledas de ribera, como son las olmedas, choperas, saucedas, fresnedas, etc., que por la intensa humanización aparecen en la actualidad bastante desdibujadas o como plantíos madereros.

Castilla-La Mancha cuenta con 16 sistemas acuíferos

Atendiendo a la composición litográfica que presentan las aguas subterráneas de nuestra Región, se distinguen dos tipos de formaciones acuíferas: detríticas y carbonatadas.

Los acuíferos detríticos se encuentran en amplios sectores de las cuencas del Tajo y del Guadiana, en áreas de sedimentación terciaria, y corresponden mayoritariamente a afloramientos de materiales predominantemente arcillosos de muy baja permeabilidad, aunque también contienen grandes acumulaciones de materiales con altos valores de permeabilidad y porosidad, por lo que resultan idóneos para la retención y la circulación del agua subterránea.

Los acuíferos carbonatados pertenecen en su mayor parte a terrenos de edad mesozoica y en menor grado a depósitos terciarios. Son rocas que admiten con facilidad el agua de la lluvia y de las escorrentías superficiales como consecuencia de la disolución de los carbonatos, dando lugar a importantes redes kársticas y manantiales.

Del mismo modo que en hidrología superficial se establece una diferenciación basada en cuencas hidrográficas, en hidrología subterránea es preciso definir los límites concretos de cada acuífero. En 1985, el Instituto Geológico y Minero de España definió 16 sistemas acuíferos en Castilla-La Mancha. Con un predominio de las formaciones carbonatadas sobre las detríticas, la superficie conjunta de los mismos se extiende por un 60% de la Región.

Los acuíferos 18 y 23 son los más explotados

Entre todos los acuíferos castellano-manchegos, el acuífero Mancha Oriental o acuífero 18 y el acuífero 23, denominado de la Mancha Occidental son los más intensamente explotados.

El acuífero Mancha Oriental se extiende por las cuencas del Júcar y Segura, con una superficie de 8.500 kilómetros cuadrados, distribuida entre las provincias de Albacete, en un 74%, Cuenca, en un 18%, Valencia, en un 7,5%, y Murcia, en un 0,5%.

Los recursos del acuífero 18 se estiman en unos 435 kilómetros cúbicos al año y pude decirse que es el responsable del notable acrecentamiento de las tierras regadas en la provincia de Albacete, cuyo subsistema descarga en parte al río Júcar y, a lo largo de este tramo, sin recibir afluentes de importancia, el Júcar aumenta su caudal de unos 15 a 25 metros cúbicos por segundo. El acuífero 23 es de litología carbonatada y ejerce un papel fundamental en la hidrología y en la ecología de toda la cuenca alta del Guadiana.

El régimen natural de este acuífero puede ser descrito como un gran embalse subterráneo aislado por materiales impermeables en su extremo suroeste. El afloramiento del zócalo rocoso en la zona del Vicario cierra el paso a las aguas que circulan por el acuífero, forzándolo a aflorar en los lugares topográficamente más bajos.

También se forman manantiales en lugares en los que la superficie freática corta a la topográfica, como los Ojos del Guadiana, y zonas húmedas y encharcadas como las Tablas de Daimiel.

La recarga natural del acuífero procede de la infiltración del agua de lluvia, o de otros acuíferos, y de los ríos que se infiltran total o parcialmente en los tramos permeables, mientras que la descarga se produce por drenaje directo a los ríos, por manantiales y zonas encharcadas. En la actualidad, la descarga también se produce por extracciones mediante bombeos en pozos y sondeos.

Las masivas captaciones y el espectacular desarrollo de los regadíos en la llanura manchega han producido descensos importantes en los niveles freáticos, con implicaciones sobre el Parque de las Tablas de Daimiel, los Ojos del Guadiana y varios complejos lagunares.

Embalses de aguas superficiales

El curso de los ríos castellano-manchegos se encuentra regulado por numerosos embalses de superficie que, además de paliar las crecidas de los ríos, son utilizados fundamentalmente como fuente de energía o para el regadío y suministro de agua potable a las poblaciones.

Algunos embalses se encuentran enclavados en bellos paisajes de alto interés ecológico y paisajístico, siendo utilizados en ocasiones para usos recreativos y turísticos.

En el Alto Tajo, en la comarca de la Alcarria, destaca el gran complejo hidráulico que forman los embalses de Entrepeñas, de 874 hectómetros de capacidad, con el de Buendía con una capacidad aún mayor, en torno a los 1.513 hectómetros cúbicos en su afluente el Guadiela, y el Bolarque de 33 hectómetros cúbicos, en el que ambos confluyen constituyendo el denominado “Mar de Castilla”. Además de su aprovechamiento hidráulico y agrícola, en sus aguas se practica la pesca y los deportes náuticos.

También en el curso del río Tajo, al sur de la provincia de Guadalajara, se encuentra el pequeño embalse de Almoguera, en el que las oscilaciones del nivel de agua han permitido el desarrollo de una vegetación palustre con abundante fauna.

Rodeado parcialmente por el Júcar, el castillo de Alarcón alberga un Parador Nacional de Turismo

En la provincia de Cuenca se encuentra el embalse de Alarcón, de 1.112 kilómetros cúbicos de capacidad, que almacena el agua para regadío de la huerta valenciana. También se utiliza para paliar las avenidas y para regular las aportaciones del acueducto Tajo-Segura, que llegan a él desde los embalses de Bolarque y Bujeda.

Desde Alarcón, por la presa de El Picazo, otro canal lleva las aguas hasta el embalse del Talave, en el río Mundo. Para el turismo este embalse resulta interesante no solo por la práctica de la pesca en sus aguas sino por su proximidad al impresionante castillo de Alarcón, que actualmente alberga un Parador Nacional. Asimismo, en la cuenca del Júcar, pero en el río Cabriel, está el embalse de Contreras, el último de un sistema de pequeños embalses construidos sobre este río y sus afluentes antes de entrar en la región valenciana.

En la cuenca del Segura destaca el embalse del Cenajo, que retiene las aguas del Segura, al sureste de Elche de la Sierra y que supone un claro ejemplo de la polémica que puede suscitar la construcción de embalses, al anegar parajes de gran valor medioambiental y valles fértiles, como fueron en este caso las huertas de Socovos y Férez, muy apreciadas por sus cultivos de arroz. Este pantano, el de mayor capacidad de la provincia de Albacete, con 472 hectómetros cúbicos, se utiliza para el regadío de la huerta murciana, si bien hay que destacar otros usos recreativos como la pesca, baños, navegación a vela, etc.