Por la histórica capital de Guadalajara y La Alcarria

El primer recorrido propuesto en la “Ruta por los Castillos de Guadalajara” tiene su punto de partida en la histórica capital de esta provincia, pasando por el Alcázar de Guadalajara y el Castillo de Torija hasta llegar al de la Peña Bermeja, en Brihuega.

Un interesante viaje que llevará al visitante hasta periodos históricos remotos, desde los testimonios de la etapa musulmana hasta importantes hazañas, como la que se constituyó durante la Reconquista de la capital.

Una ruta que invita a descubrir el exclusivo paisaje de terreno elevado y raso que constituye La Alcarria, popularizado por Camilo José Cela en sus viajes literarios.

El recorrido por la historia de esta ciudad parte desde su Alcázar Real. Sus ruinas ponen de manifiesto que Guadalajara estuvo rodeada de murallas desde la época árabe debido a su posición estratégica, objeto de continuas luchas y batallas a lo largo de la historia.

En su origen musulmán, fue levantado entre los siglos XII y XIII sobre una construcción anterior, adaptado tras la reconquista para la defensa y residencia de personas de la familia real. Igualmente fue utilizado para la celebración de las Cortes de Castilla, a las que asistían los Reyes durante el siglo XIV.

Otros atractivos de la ciudad son sus antiguas murallas, donde encontramos el Torreón del Alamín, del siglo XIII, que ofrece en su interior una exposición acerca de la historia y evolución de la muralla de la ciudad, y el Torreón de Alvar Fáñez, que data del siglo XIV.

De planta pentagonal, alberga un centro de interpretación de la reconquista de Guadalajara en 1085, una hazaña que la leyenda atribuye a Alvar Fáñez de Minaya, sobrino y compañero de batallas de El Cid.

Desde Guadalajara capital la ruta se dirige hacia la localidad de Torija, conocida como Puerta de la Alcarria, donde encontramos la fortaleza en el borde de la meseta , dominando el camino.

El Castillo de Torija, del siglo XV y cuya historia corre paralela a la del municipio, fue obra de la familia Mendoza, que desde su llegada a Castilla estuvo vinculada a estas tierras.

De planta cuadrada con tres torreones esquineros de planta circular que ofrecen parte de cornisa amatacanada, fue construido con sillarejo trabado muy fuerte, mostrando en el comedio de los muros unos garitones apoyados sobre círculos en degradación.

Las cortinas laterales se rematan en una airosa cornisa, formada por tres niveles de mensuladas arquerías, hueca la más saliente, que sostiene el adarve almenado, del que sólo algunos elementos se nos ofrecen hoy a la vista, sin olvidar sus ventanales de remate semicircular que aparecen trepanando los severos muros.

En su interior, encontramos un patio de armas y su Torre del homenaje, que alberga el primer museo dedicado a un libro, el “Viaje a La Alcarria” de Camilo José Cela.

En la sala de exposiciones, en las antiguas mazmorras del castillo, se exhiben periódicamente muestras de pintura, fotografía y artesanía de artistas reconocidos.

Entre los personajes que moraron en esta fortaleza se encuentran Carlos V, Felipe II o el guerrillero Juan Martín “El Empecinado” durante la Guerra de la Independencia, quien voló sus muros para que no pudieran ser utilizados por las tropas francesas. Posteriormente, el edificio fue reconstruido en el año 1962.

De Torija nos desplazamos hasta la localidad de Brihuega para conocer el Castillo de la Peña Bermeja, construido sobre un roquedal de tono rojizo al que debe su nombre.

El núcleo del castillo consta de un espacio central, el más elevado, en el que aparecen unas construcciones que debieron pertenecer a los salones del palacio. Delante, una amplia zona abierta sirve de cementerio. Adosado a este primitivo núcleo constructivo, existe una larga nave cubierta con bóveda de cañón que se utiliza como capilla de la Vera Cruz.

Desde el nivel superior, se accede a la que fue capilla del castillo, que es la pieza artística más singular que en él se conserva. Es un espacio de dimensiones cuadradas, planta poligonal con cinco lados, que constituye un lugar de arquitectura gótica inicial, obra de los primeros años del siglo XIII, con cubiertas formadas por arquerías apuntadas ojivales, y ábside con tres ventanales esbeltos y apuntados.

Dentro del patio de armas se alberga la Iglesia de Santa María de la Peña, patrona de la villa.

La fortaleza se asienta sobre un primitivo fortín que fue donado por los árabes a Alfonso VI, durante la época del reino taifa de Toledo. Tras 1085, el rey castellano otorga Brihuega al arzobispo de la nueva sede y le concede el señorío de la villa y el castillo.

En 1710, en este lugar se libro una gran batalla decisiva en la Guerra de Sucesión, que permitió el acceso de los Borbones al trono de España.

El Castillo de Molina de Aragón es el más grande y expresivo de los que se conservan en Guadalajara

El segundo recorrido que plantea la “Ruta por los Castillos de Guadalajara”, es un paseo apasionante de leyenda y hazaña por las tierras que fueron motivo de las continuas disputas entre las coronas de Aragón y Castilla, debido a su estratégica posición e importancia.

El Castillo de Molina de Aragón es la primera parada del viaje. Su origen se remonta a la época de los árabes quienes, durante los siglos X y XI, construyeron esta fortaleza sobre un antiguo castro celtíbero fortificado para la defensa. La pequeña corte morisca fue quien se asentaría en este castillo, con uno de sus jefes, Abengalbón, al frente, gran amigo de El Cid Campeador, quien lo alojó en su camino de exilio a Valencia.

Se trata de la típica alcazaba bajomedieval en la que un ámbito amurallado muy amplio recoge en su interior la edificación militar propiamente dicha. Sus dimensiones interiores son de 80 x 40 metros, lo que le convierte en el castillo más grande y expresivo de los que se conservan en la provincia de Guadalajara.

Está formado por dos recintos. El exterior o albacara, es de enormes proporciones y está defendido por numerosas torres cuadradas, contando con cuatro puertas de acceso.

En su interior, se alza el castillo con seis altas torres, de las que se conservan cuatro en perfecto estado. Entre ellas, se encuentra la gran plaza de Armas, con edificios pensados para acuartelar varias compañías de soldados. Los espacios entre las torres están unidos por murallas almenadas. En su muro norte estaba adosado el Palacio de los condes, mientras que en la parte sur se encontraban las caballerizas, cocinas, habitaciones de la soldadesca, cuerpos de guardia y calabozos.

Por las fortalezas históricas del Señorío de Molina de Aragón

Tras visitar Molina de Aragón, llegamos al Castillo de Santiuste, a unos 4 kilómetros de Corduente. Un ejemplo de casa fuerte señorial castellana del siglo XV, mezcla de ostentación con arquitectura de propaganda y elementos defensivos reales y fingidos.

Santiuste perteneció desde la repoblación al Común de Molina. En 1410, lo adquirió Juan Ruiz de Molina, o de los Quemadales, apodado el “Caballero Viejo”, quien consiguió en 1434 un privilegio del Rey Juan II, para edificar una “Casa fuerte”. Posteriormente, este castillo pasó al mayorazgo familiar que luego se constituyó en Marquesado de Embid.

El caballero molinés levantó su castillo de planta cuadrada con casa fuerte, defendida por un recinto exterior protegido por muros y torreones esquineros.

A consecuencia del terremoto de Lisboa (siglo XVII), las torres y fachadas se agrietaron, provocando el desplome de la torre noroeste a finales del siglo XX. En el siglo XIX, con las Guerras Carlistas, las almenas de los torreones fueron demolidas y sustituidas por cuatro tejados a dos aguas.

La fachada principal está formada por un arco de medio punto de gran dovelaje sobre en el que destaca el escudo de los Ruiz de Molina.

Esta construcción cuenta con un patio central y cuatro torreones esquineros distribuidos internamente en cuatro pisos más un sótano. Todo el edificio es de sillería, a excepción de su muralla externa, que es de mampostería.

Castillo de Zafra

La última parada de esta segunda ruta nos lleva hasta el Castillo de Zafra, situado al este de la provincia de Guadalajara, entre Hombrados y Campillo de Dueñas.

La cultura del Bronce y del Hierro han dejado sus huellas en algunos elementos de este castillo y en las proximidades del castro. Al igual que los celtíberos y romanos, los visigodos y los árabes ya utilizaron esta atalaya rocosa.

La construcción actual data de la época de los árabes, del siglo XI. Más tarde, con los primeros señores molineses, entre la segunda mitad del siglo XII y la primera del XIII, los Lara de Molina se prestan a consolidar su fuerza sobre uno de los territorios en los que su autoridad es total e indiscutida.

En el siglo XVI, se mantiene como uno de los castillos más fuertes del reino, después de la fortaleza de la capital, asombrando a todos por lo difícil de su acceso, lo ingenioso de su entrada y su capacidad, ya que quizás en el interior de la roca podía albergar a más de 500 hombres.

Poco a poco fueron cayendo sus piedras, desmoronándose sus murallas, desmochándose sus torreones y borrándose los límites de sus cercas exteriores, quedando actualmente mínimos restos que, a pesar de ello, nos dan idea de su distribución.

Hoy se mantiene parte de la torre derecha que custodiaba la entrada por este extremo, fuertes muros de sillarejo muy basto, con sillares en las esquinas y los arranques de una bóveda de cañón.

Desde el patio de armas se accede a la torre del homenaje, reconstruida en su totalidad y, a través de una escalera de piedra adosada al muro de poniente, se recorre su interior, donde aparecen dos pisos unidos por escalera de caracol.

Esta escalera interior permite subir hasta la terraza superior, almenada, desde la que el paisaje, a través de una atmósfera siempre limpia y transparente, se nos muestra inmenso, silencioso y sumamente evocador.

Por los nobles castillos del Señorío de Sigüenza

El tercer recorrido propuesto en la “Ruta por los Castillos de Guadalajara” comienza en la localidad de Sigüenza.

Tras la ocupación romana y visigoda, los árabes se instalaran en el Castillo de Sigüenza hasta 1124, fecha en la que se reconstituye la sede episcopal. Tiempo después, Alfonso VII concedió al obispo el señorío de Sigüenza, llegando en la Edad Media a ser prácticamente una ciudad.

El aspecto de la fortaleza es muy homogéneo, ofreciendo un nivel de paramentos lisos y algunos torreones, unas veces de planta cuadrilátera y otras semicirculares, siempre rematados por almenas.

Su desafiante tono es el propio de una fortaleza netamente medieval, de los siglos XIII y XIV que fue cuando cobró su silueta actual.

En el interior, hoy llama la atención su gran patio, sus portaladas con escudos del siglo XVI y una galería de madera y revoco esgrafiado que completan los muros.

En la planta baja se pueden admirar diversos salones, en los que se impartía la justicia, civil y eclesiástica, de los señores y obispos de Sigüenza.

Gran parte del edificio se encuentra recubierto de escudos de armas de muchos de los obispos que ocuparon esta fortaleza.

Una notable morada de nobles en el pasado, convertido en la actualidad en un espléndido Parador de Turismo.

Ejemplo de conservación, el Castillo de Palazuelos

En el término municipal de Sigüenza, encontramos el Castillo de Palazuelos.

Los Mendoza fueron los dueños de esta pequeña población, la cual adquirió una especial importancia por la fortificación impresionante que, a mediados el siglo XV, mandaron levantar el marqués de Santillana y su hijo Pedro Hurtado de Mendoza.

La fortaleza es un caso excepcional de ciudad amurallada por completo que se conserva hoy en su total integridad. El castillo se inserta en la muralla y se rodea de una barbacana baja a la que se penetra desde la villa por una puerta que tuvo puente levadizo, escoltada por dos desmochados torreones.

El recinto interior tiene un paseo de ronda y en su centro se alza el cuerpo principal, que consta de un edificio elevado, de planta cuadrada, herméticamente cerrado y rodeado de dos cubos en las esquinas, con una torre del homenaje adosada al muro de poniente.

Castillo de Riba de Santiuste

La fortaleza se encuentra sobre una ladera del valle del río Salado, acceso natural entre ambas mesetas castellanas, donde los árabes construyeron un punto defensivo muy señalado.

De origen musulmán, aparece mencionado en todos los documentos originales que hacen referencia a la reconquista del reino toledano por Alfonso VI. Fue conquistado por primera vez en 1059, y definitivamente en 1085. Tras su repoblación se mejoraron sus defensas, llegando a pertenecer a los obispos seguntinos.

Fue reconstruido en el siglo XV y vuelto a destruir parcialmente en el XIX. Finalmente, perdió su importancia estratégica, llegando a la ruina, de la que ha salido gracias a una reciente restauración de iniciativa privada.

El Castillo de Atienza se utilizó como cárcel para nobles y también sirvió de vivienda al rey Felipe V

El Castillo de Atienza se alza sobre un montículo cortado para dificultar su acceso al recinto. El origen de esta villa es muy antiguo, existiendo pruebas arqueológicas que avalan la existencia de un fuerte castro en tiempos de los celtíberos. Después de ser dominado por los romanos, Atienza crece en importancia y pasa a ser protectora de la taifa de Toledo. En este lugar, los árabes levantarían una fuerte alcazaba sobre la roca.

En torno a este castillo de origen musulmán, con el que Rodrigo Díaz de Vivar no quiso combatir al considerarlo como una peña mui fuert, surgieron continuas batallas a lo largo de la Edad Media.

Su conquista definitiva tuvo lugar en 1085, cuando Alfonso VI toma Toledo. Posteriormente, y bajo el reinado de Alfonso VIII, la villa progresa espectacularmente y el castillo alcanza su aspecto definitivo.

Durante el siglo XV sufre diversos daños importantes. Las tropas del Rey de Navarra se hicieron dueñas de la posición y, tiempo después, el castellano Juan II, ayudado del Condestable Álvaro de Luna y un poderoso ejército, conquistó Atienza. Sus usos fueron variados, desde cárcel para nobles hasta vivienda de Felipe V. Actualmente, estos restos de historia se observan sólo exteriormente en la cúspide de la roca en forma estrecha y alargada. Los bordes ofrecen aún mínimos restos de muralla muy derrotada y en el centro, se abren dos profundos aljibes que sirvieron en sus tiempos para recoger el agua de lluvia y ayudar a sus habitantes a soportar asedios.

Por los vestigios de la Historia de la Alcarria Sur

El cuarto recorrido que propone la “Ruta por los Castillos de Guadalajara”, discurre de nuevo por la afamada Alcarria de Camilo José Cela, por su parte sur.

La primera parada de nuestro viaje es el Castillo de Pioz. La fortaleza se encuentra en un extremo de la población del mismo nombre.

En 1458, esta aldea pasó a manos del hijo del primer Marqués de Santillana, el gran Cardenal de España, Pedro González de Mendoza, quien inició la construcción del castillo, completándose a finales del siglo XV, por la familia de los Gómez de Ciudad Real.

En leve altura sobre el pueblo se encuentra esta fortaleza totalmente rodeada de un hondo foso, de planta cuadrada. El muro externo culmina en muralla poco elevada, con almenas y adarve, y se completa con torreones esquineros cilíndricos en los que podían albergarse piezas de artillería.

En la esquina noroeste se alza la torre del homenaje de irregular planta, cuadrada por un lado y circular por otro.

La siguiente parada del recorrido es Pastrana. Consigue su villazgo en el siglo XII de manos del rey Alfonso VIII gracias a la Orden de Calatrava. En 1541, pasa a la viuda de Diego de Mendoza, quien construirá la casa fuerte, actual Palacio Ducal de Pastrana. A su muerte, el señorío pasa a sus hijos, los cuales obtienen del rey los títulos de Duques de Pastrana y Príncipes de Éboli. Muerto el duque en 1573, su viuda, Ana de Mendoza de la Cerda, la Princesa de Éboli, inicia una vida inquieta, y es encarcelada en la “Cámara de la Reja Dorada” del palacio por sus intrigas con Antonio Pérez en la Corte, de donde no saldría hasta su muerte para ser enterrada en la Cripta de la Colegiata. Dice la leyenda que tan solo podía asomarse una hora al día a la reja del torreón de levante del palacio, de ahí que a la plaza se la llame “de la Hora”.

El Palacio Ducal es del siglo XV y estilo renacentista, muestra abundantes elementos manieristas. Destacan sus torreones, portada, columnas, frontón y escudo.

A continuación, llegamos al Castillo de Zorita de los Canes, cuyo nombre responde a los grandes perros alanos que había distribuidos por las torres y patios para reforzar la defensa del castro durante la época en la que perteneció a la Orden de Calatrava, es decir, desde finales del siglo XII hasta el XIII.

En 1565, la fortaleza fue adquirida por el Duque de Pastrana y su mujer la Princesa de Éboli, quienes realizaron los cambios oportunos para poder habitarla más cómodamente. Posee una estructura de complicado sistema de murallas y puertas, de torreones y ventanales amalgamados. Su planta es alargada y está rodeada de una muralla. Destacan la Iglesia del castillo, los enterramientos de caballeros calatravos, la sala del moro y la torre Albarrana.

La última parada es el Castillo de Almoguera. Esta fortaleza fue parcialmente destruida a mediados del siglo XV por el caballero Ramírez de Guzmán, apodado “Carne de Cabra”, que se autoerigió maestre de Calatrava y se hizo dueño, a la fuerza, de Zorita, Almoguera y otros fuertes enclaves de la Orden.

Al retirarse vencido, desmanteló su antigua fortaleza. En 1998 fue rehabilitado quedándose actualmente en un espacio abierto rodeado de almenas en lo alto del roquedal donde se asentaba la antigua fortaleza.

El pueblo de Jadraque compró en el año 1889 el denominado “Castillo del Cid” por 305 pesetas

El último recorrido de la “Ruta por los Castillos de Guadalajara” discurre tras los pasos de El Cid, por la sierra norte de esta provincia.

El Castillo de Jadraque, de origen árabe, de los siglos X y XI, es conquistado definitivamente por Alfonso VI en 1085, quedando en calidad de aldea bajo la villa de Atienza, de la que se consigue independizar a comienzos del siglo XV. En 1434, el rey Juan II lo donaría a su parienta María de Castilla.

El estado señorial fue heredado por Alfonso Carrillo de Acuña, quien en 1469 se lo entregó a Pedro González de Mendoza, obispo de Sigüenza y luego Gran Canciller del estado unificado de los Reyes Católicos. Fue este magnate alcarreño quien inició la construcción del castillo con la estructura que hoy vemos y que finalmente entregó a su hijo don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza. Abandonado por sus dueños, a finales del siglo XIX decidió venderlo, siendo el propio pueblo quien en el año 1889 lo compraría por la cantidad de 305 pesetas. Además, hace más de 20 años, los jadraqueños restauraron el castillo mediante aportaciones económicas personales.

La fortaleza llamada “Castillo de El Cid” se constituye en altos muros, muy gruesos, reforzados por torreones semicirculares y algunos otros de planta rectangular adosados al muro principal. Los murallones de cierre tienen su adarve almenado y las torres esquineras presentan terrazas almenadas con algunas saeteras. El interior, completamente vacío, muestra algunas particularidades de interés como la pequeña capilla en honor de Nuestra Señora de Castejón, patrona del pueblo, hasta el siglo XIX.

Castillo de Galve de Sorbe

Tras visitar el Castillo de Atienza, llegamos a la localidad de Galve de Sorbe. En tiempos de la Reconquista, Galve fue sede de un arciprestazgo perteneciente a la diócesis de Sigüenza. Finalizada ésta, formó parte del Común de Atienza y a partir del siglo XIII, pasó a ser propiedad del Infante don Juan Manuel.

En 1428, la familia del Justicia Mayor del Reino, Diego López de Estúñiga, fundó mayorazgo con Galve y los lugares de su tierra. Uno de sus descendientes levantó, en 1468, el actual Castillo de Galve de Sorbe. Ya en el siglo XVIII, el título de condes de Galve, que hoy ostentan los Reyes de España, fue a parar, al igual que la fortaleza, a la Casa de los Duques de Alba. Después lo cedieron al Estado y éste se deshizo de él mediante subasta pública en 1972, adjudicado por 1.400.000 pesetas.

El actual castillo de Galve se levantó sobre uno anterior de origen andalusí que defendía la frontera del Califato de Córdoba con el Reino de Castilla. Es un castillo señorial tardío cuya planta forma un cuadrilátero irregular con torres cuadradas en los ángulos, de edificación de mampuesto donde sobresale su torre del homenaje, de las más bellas conservadas en los castillos de la provincia.

Se compone de cinco plantas con escalera y escudos de los Estúñiga en el exterior. En la tercera planta destaca una chimenea de 20 metros de altura, mientras que en la planta baja guarda dos saeteras, y en la cuarta una pequeña ventana geminada, cubierta por bóveda de cañón de sillería.

Pese a su estado de conservación, está considerado uno de los monumentos de mayor valor histórico de la zona. Su riqueza arquitectónica y su posición geográfica, dominante del valle del Sorbe y de la sierra de Pela, lo convierten en símbolo indiscutible de la comarca serrana.