La historia de El Cid, convertida en leyenda

Rodrigo Díaz de Vivar fue un caballero castellano cuya vida transcurrió durante la segunda mitad del siglo XI. Nació en la localidad de Vivar del Cid, en torno al año 1043, y murió en Valencia en 1099. A partir de ese momento, los cristianos, necesitados de referentes heroicos, vieron en la figura invencible de El Cid un motivo ideal para sus narraciones y gestas, lo que posibilitó una rica tradición de poemas y romances transmitidas de pueblo en pueblo en boca de juglares y poetas.

Así nació, en el siglo XII, el que sería el gran poema épico de la literatura española: El Cantar de Mio Cid, la más antigua canción de gesta conservada casi íntegramente que narra el destierro de Rodrigo por tierras castellanas, aragonesas y levantinas. La única copia que se conserva data de 1207 y se encuentra en la Biblioteca Nacional.

En la iglesia de Santa Gadea, en Burgos, El Cid obligó a jurar al rey Alfonso VI, rey de Castilla y de León, que no había participado en la repentina muerte de su hermano el rey Sancha. Molesto con él, le ordenó, mediante carta, dejar bienes y posesiones, de acuerdo con el derecho tradicional castellano de la época. El Cid tenía nueve días para abandonar las tierras de Castilla, emprendiendo así un viaje que discurre por ocho provincias españolas entre las que se encuentra Guadalajara.

Camino de El Cid

Atraídos por la fuerza de la extraordinaria obra literaria, desde hace algo más de un siglo, gentes, estudiosos e historiadores, provenientes de los más diversos lugares, han recorrido los itinerarios descritos en el Cantar tras las huellas del personaje legendario y de la Historia.

El Camino de El Cid, de más de 2.000 kilómetros, atraviesa ocho provincias españolas, pertenecientes a cuatro comunidades autónomas, convirtiéndose esta ruta en un eje vertebrador entre el interior de la Península y el Mediterráneo.

La configuración de este camino turístico cultural ha contado con dos grandes retos: la imprecisión del poeta al describir los itinerarios y la diversidad de rutas que nacen de la propia narración, teniendo en cuenta que El Cid y sus hombres no se encaminan directamente hacia Valencia, por motivos “geoestratégicos” y sobre todo argumentales.

El Camino se ha trazado sobre la base de los dos primeros cantares, excluyéndose el tercero, desarrollado principalmente en Toledo. Salvo contadas excepciones, el viajero podrá encontrar en este itinerario todos los escenarios citados en el poema.

En el caso de la provincia de Guadalajara, el camino cidiano se plasma en una ruta senderista de casi 300 kilómetros, que comienza en Miedes de Atienza hasta llegar a Orea, homologado por la Federación de Deportes de Montaña de Castilla-La Mancha como Gran Recorrido 160.

Un trayecto que cuenta con más de 300 balizas, postes de señalización y paneles informativos de poblaciones y de etapas en los que se informa de los detalles y datos necesarios para realizar un óptimo recorrido por esta ruta.

Al igual que en el Camino de Santiago, los viajeros del Camino de El Cid pueden conseguir el “salvoconducto”: la credencial que recuerda el documento que durante la Edad Media se utilizaba para asegurar el paso libre y seguro de viajeros y mercancías.

Miedes de Atienza

El Camino de El Cid se adentra en Guadalajara, tras recorrer la provincia de Soria, a través de Miedes de Atienza. La antigua calzada romana conocida como “Calzada de Quinea” en el Poema de Mio Cid se encuentra cuando partimos de Atienza dirección Aranda de Duero, desviándonos hacia Miedes de Atienza. Uno de los puntos cuyo nombre conservamos es el de Torreplazo, alto donde al Cid se le cumple el plazo para salir de Castilla. Desde aquí, abandonó las tierras de Castilla La Vieja y entró en lo que entonces eran tierras del reino árabe de Toledo, camino del destierro.

Miedes de Atienza, ubicada en un estratégico emplazamiento a los pies de la Sierra de Pela, es mencionada en el Cantar de Mio Cid como “zona de frontera”. En el verano de 1081, el Campeador y sus 300 caballeros cruzaron la Sierra de Pela de noche para evitar posibles escaramuzas, a pesar de que gran parte de las tierras moras se encontraban bajo la protección de la corona castellana.

En la actualidad, son varios los topónimos que hacen referencia al relato épico, como es el caso de un pago denominado “Peña de El Cid” donde, según la tradición oral, las tropas de Vivar acamparon en su camino hacia Atienza.

En la Plaza Mayor hay algunos palacios señoriales de tipología barroca popular de los siglos XVII y XIX. La iglesia parroquial conserva del primitivo estilo románico la cabecera, con triple ábside.

El Castillo fue declarado Monumento Nacional en 1913 y Atienza Conjunto Histórico-Artístico en 1962

El Cid y sus huestes cumplieron el plazo establecido para abandonar Castilla y se adentraron en tierras musulmanas. Cabalgaban de noche y descansaban de día escondidos en arboledas, evitando fortalezas y plazas fuertes como el castillo de Atienza, nombrada en el verso 2691 del Poema como una “peña mui fuert”. En la actualidad, Atienza conserva gran parte de ese esplendor que contemplaron los ojos de El Cid. El castillo fue declarado Monumento Nacional en 1913 y Atienza Conjunto Histórico-Artístico en 1962.

La puerta de acceso está flanqueada por torreones. La torre del homenaje, al sur, tiene dos plantas y una terraza. De ahí partían las murallas con dos recintos. Del primero se conservan restos de la Puerta o Arco de la Guerra, con una casa en uno de sus torreones. Cerca de la iglesia de San Juan, está el Arco de San Juan o Puerta de Arrebatacapas. El Arco de la Nevera y el de la Villa o de Armas han desaparecido. Del segundo recinto quedan restos de torreones y puertas, como la Puerta de Antequera, frente al Hospital de Santa Ana, y la de Salida o Salada, tras la iglesia de San Bartolomé.

En la plaza del Trigo o del Mercado, de estructura medieval, hay una serie de casas soportaladas y palacios nobles, como la Casa del Cabildo, la primera que se encuentra al atravesar el Arco de Arrebatacapas, que une esta plaza con la del Ayuntamiento. Aunque es medieval, los demás edificios son de los siglos XVI a XVIII. Aislada del casco, hacia el norte, se encuentra la iglesia de San Bartolomé, románica de principios del XIII. El patrimonio de Atienza se completa con sus numerosas casas típicas de la Serranía. En época medieval llegó a tener diez mil habitantes y quince iglesias parroquiales, de las que conserva cinco.

Robledo de Corpes

Rodrigo Díaz, precavido y paciente, evitó el enfrentamiento con las tropas moras que guardaban Atienza y siguió su camino por la vega del río Cañamares.

El itinerario del Camino de El Cid pasa por Naharros y recorre el barranco del río Cañamares hasta llegar a Robledo de Corpes, señalado por algunos autores como el lugar en que se produjo la “Afrenta de Corpes”, narrada en la segunda parte del Poema.

Los especialistas en el texto aseguran que el escenario elegido fue la ermita de la Virgen del Monte donde las hijas de El Cid fueron golpeadas y abandonadas por sus maridos, dejándolas moribundas en este lugar.

Su topónimo le ha permitido poder atribuirse, en dura pugna con la localidad soriana de Castillejo de Robledo, el haber sido el escenario de la Afrenta de Corpes.

Independientemente de esto, lo cierto es que el viajero que se adentre en estas tierras y en el robledal podrá rememorar sin dificultad estos versos, sintiendo incluso la angustia de las hijas de El Cid, abandonadas a su suerte.

Villa de la provincia de Guadalajara, se encuentra a 67 kilómetros de la capital. El pueblo es un ejemplo de arquitectura popular de la serranía de Atienza.

El término municipal de Robledo de Corpes se sitúa sobre la ladera del pequeño y solitario pico del Otero, de 1332 metros, desde el cuál se tiene una buena vista de la cercana sierra del Alto Rey y su comarca. Por sus tierras discurre el río Cañamares.

Jadraque

Sobre el cerro “más perfecto del mundo”, tal y como lo describió Ortega y Gasset, se asienta el Castillo de Jadraque, también conocido como el Castillo de El Cid. A lo largo del tiempo, se ha extendido la creencia popular de haber sido conquistado a los árabes por Rodrigo Díaz de Vivar en el siglo XI, siendo rey Alfonso VI, sin embargo ninguna crónica histórica o canción de gesta asegura que El Cid tomara el Castillo de Jadraque en algún momento de su destierro.

La fortaleza cristiana, construida sobre las ruinas de la antigua alcazaba mora, no figura en ningún lance histórico hasta el siglo XII, casi cien años después de que El Cid pasara por el norte de Guadalajara. A pesar de ello, la villa de Jadraque, situada al noroeste de Guadalajara, posee una fuerte tradición cidiana, El recinto actual del Castillo es obra de Pedro González de Mendoza, obispo de Sigüenza en el siglo XV. La construcción está concebida como una casa-palacio propia de las edificaciones de los Mendoza y no como una fortaleza.

Su estratégica situación le valió ser fortaleza defensiva para todos los moradores de la villa, desde los habitantes de la prehistoria hasta los señores feudales, pasando por los árabes que ocuparon la Península Ibérica.

Hasta este lugar, en la Edad Media llegaban los más valientes guerreros del ejército cristiano para ser nombrados Caballeros del Rey en su Patio de Armas. En mitad de éste, el visitante puede cerrar los ojos, hincar la rodilla en el suelo y sentir el simbólico golpe de espada en su cabeza, mientras el Rey le nombraba caballero.

El Castillo de Jadraque fue también residencia palaciega en tiempos de los Reyes Católicos, Carlos I, Isabel de Valois y Felipe II, Felipe IV y Felipe V, pasando a ser propiedad de Juan II y posteriormente del cardenal Mendoza y sus descendientes, hasta que en 1889 fue vendido por la familia Osuna al propio pueblo por el precio simbólico de 300 pesetas.

La última gran restauración del castillo se llevó cabo entre los años 1959 y 1964 para reparar los destrozos causados durante la Guerra Civil. En 1982 se consolidaron almenas y murallas y ya en 1998 se adecentó el acceso al castillo que conduce por el cerro hasta la entrada principal.

Aparte del magnífico castillo que nos da la bienvenida, un relajado paseo por el pueblo puede hacer descubrir al visitante el edificio de la antigua Casa de Postas, donde se hospedaron algunos viajeros ilustres como Isabel de Farnesio, en el siglo XVII.

Por la calle Mayor, encontramos el Palacio de los Verdugo, antigua casona propiedad de la familia del ilustrado Juan Arias de Saavedra del siglo XVIII, lugar de residencia temporal de Gaspar Melchor de Jovellanos donde se encuentra la Saleta de Jovellanos, con las decoraciones de 1808. Llegó a Jadraque en estado de precaria salud tras padecer cautiverio y destierro.

También por las mismas fechas, huyendo de los horrores de la guerra del 2 de mayo, llegaba al municipio alcarreño su amigo Francisco de Goya quien también se alojó en esta misma residencia, donde improvisó un estudio de pintura en el que realizó el famoso retrato de Jovellanos.

Otro de sus atractivos está en el interior de la Iglesia de San Juan Bautista donde se conserva el cuadro de Zurbarán “Cristo recogiendo las vestiduras” del siglo XVII.

Castejón de Henares

Desde Castejón parte un ramal secundario de unos 70 kilómetros en dirección sur que, siguiendo la Ribera del Henares hacia Guadalajara, que evoca el itinerario que el fiel escudero de Rodrigo, Álvar Fáñez, recorrió saqueando distintas localidades con el fin de abastecer a las mesnadas cidianas, acampadas a su espera en la recién tomada plaza de Castejón. Según el relato, fue la primera plaza sitiada por Rodrigo de Vivar en su camino hacia el destierro.

El valle del Henares fue el territorio que conoció las primeras correrías de los guerreros de El Cid Campeador. El castillo musulmán de Castejón fue tomado por Rodrigo Díaz y cien de sus caballeros. En la entrada del pueblo hay hitos del camino cidiano, cerca de un edificio de piedra y adobe conocido como la “Casa de El Cid” de la que cuenta la leyenda que, debajo de una roca situada en su patio, El Cid escondió un importante tesoro, al que se puede acceder también desde una de las cuevas que se encuentran en la falda de la montaña.

Entre los monumentos más importantes de esta localidad se encuentra el Rollo Jurisdiccional de Castejón, levantado para remarcar su importancia sobre los pueblos y aldeas adyacentes, utilizado además para llevar a cabo las sentencias que la justicia local dictaba. En estos Rollos se colgaba, azotaba o encadenaba a los reos castigados en la villa.

El Rollo de Castejón fue transformado en fuente añadiéndole un pilón de piedra circular y dos grifos a ambos lados de la columna central.

Con sus casi 4 metros de altura, y su columna de 60 centímetros de diámetro, la “Fuente del Rollo” es el principal símbolo de la historia pasada de Castejón de Henares.

La iglesia parroquial de San Miguel Arcángel, se encuentra en las inmediaciones del lugar conocido como “El Castillo”, donde estuvo la atalaya conquistada por El Cid.

El Arcipreste de Hita, Juan Ruiz, escribe el Libro de Buen Amor, obra cumbre de la literatura medieval

El escalonado entramado callejero de Hita, yace a los pies de las ruinas del castillo y sus murallas. Uno de los personajes más ilustres de la villa fue el antiguo arcipreste de Hita, Juan Ruiz, autor de una de las joyas de la literatura castellana: El Libro de Buen Amor.

Otro hecho de gran trascendencia es la llegada de la familia alavesa de los Mendoza a la villa como nuevos Señores de Hita, desde 1368 hasta finales del siglo XVI.

Hita debe parte de su actual esplendor al Marqués de Santillana, don Íñigo López de Mendoza, quien decidió reconstruir el castillo en lo alto del cerro en 1430, derribando la antigua muralla, que debía ser de tapial, para construir una nueva a base de piedra, reforzando además las defensas de la villa en 1441.

En la puerta de entrada al conjunto medieval, conocido como arco de Santa María, hay un hito del Camino de El Cid y los escudos de los Hita y los Mendoza. Algunos restos del castillo y tramos del recinto amurallado se conservan intactos desde su construcción, otros han sido restaurados o reconstruidos. La Guerra Civil Española supuso la destrucción de la villa, al ser línea de frente durante toda la contienda. En 1965 los restos del casco antiguo son declarados Conjunto Histórico Artístico.

Villa rica en tradiciones y edificios de la provincia de Guadalajara, destaca por la celebración Festivales Medievales desde 1961, con botargas, teatro, y torneos a caballo.

Guadalajara

Los acontecimientos que llevan al viajero a Guadalajara siguiendo la estela literaria de los versos del Poema de Mio Cid, están envueltos en la historia de la conquista del reino musulmán de Toledo por parte del rey Alfonso VI y su alférez mayor, Álvar Fáñez.

Los restos del Alcázar, las torres y las murallas de Guadalajara testimonian el pasado medieval de esta villa cuyo edificio más emblemático es el Palacio del Infantado, joya de la arquitectura gótica del siglo XV, vinculado a los duques del Infantado, casa principal de los Mendoza.

Se comenzó a construir en 1480 siguiendo las trazas de Juan Guas. Su patio de los Leones es la parte más bella del conjunto arquitectónico, convertido en la sede del Archivo Histórico Provincial y del Museo Provincial.

En nuestra visita por las calles de la capital alcarreña encontraremos monumentos como la iglesia de Santiago, gótica con artesonado mudéjar, la concatedral de Santa María, levantada a finales del siglo XIII, la iglesia de San Ginés, el convento de la Piedad o el palacio de Dávalos, del siglo XVI, que posee un patio de estilo renacentista alcarreño y una interesante portada.

Sigüenza

Camino de Zaragoza llegamos, como El Cid, a Sigüenza. Una ciudad situada estratégicamente para controlar el paso del alto Henares y los valles de los ríos Dulce y Salado, razón por la que estuvo poblada ya desde el Paleolítico y Neolítico.

Por su fabuloso patrimonio arquitectónico, Sigüenza fue declarada Conjunto Histórico-Artístico en 1965. Pese a los avatares de la historia, Sigüenza cuenta con un elevado grado de conservación. Una ciudad con marcado carácter medieval, coronada por un Castillo convertido en el actual Parador de Turismo.

Instalado en una alcazaba árabe, que se edificó sobre un asentamiento romano, este imponente castillo medieval se empezó a reconstruir con la reconquista cristiana en 1123.

Sus torres son de planta rectangular y de la misma altura, rematadas por almenas de forma rectangular. El castillo se rodeaba de una muralla con un puente levadizo enmarcado por dos cubos con matacanes para el ataque o contraataque. Su extensión es otra de las características destacadas de esta residencia fortificada, capaz de albergar en el interior de sus muros a mil hombres a pie y cuatrocientos soldados ecuestres.

La restauración de la sede episcopal en Sigüenza, por parte de la monarquía castellana, alentó el crecimiento de esta aldea, tomando nuevas fuerzas cuando Alfonso VII concedió a los obispos el señorío civil sobre la ciudad y sus gentes en 1138. Un hecho que motivó la utilización de este castillo como residencia de obispos de la Diócesis de Sigüenza desde el siglo XII al XIX, convirtiéndose en la única fortificación residencial religiosa de España.

Anguita y Maranchón

Anguita ha quedado inmortalizada gracias al Cantar de Mio Cid. Tras tomar Castejón de Henares, se encamina a las tierras de la taifa de Zaragoza, temeroso de que las tropas de Alfonso VI acudan en defensa de estos territorios.

Según el relato, se refugió en unas cuevas en su camino a Valencia, identificadas con las de los cantiles próximos al caserío que precipitan a la hoz trazada por el río Tajuña.

Maranchón es otra de las localidades de la provincia de Guadalajara más importantes por las que pasó El Cid. En el Cantar se identifica con la “Mata de Torance”.

Junto a Luzón son los últimos pueblos de la provincia de Guadalajara atravesados por la primera etapa del Camino de El Cid.

El Cid se dirigió hacia Molina de Aragón en busca de la protección del alcaide moro Avengalbón

La segunda ruta se inicia cuando El Cid entra desde Teruel a Guadalajara, atravesando el señorío de Molina, tras su paso por tierras zaragozanas y tourolenses.

Enclave independiente tributario de la taifa de Zaragoza en tiempos de El Cid, narra el Cantar que Rodrigo se encaminó hacía Molina de Aragón a la búsqueda de la protección y seguridad que le brindaba su fiel amigo el alcaide moro Avengalbón, figura literaria que tiene su origen en la figura histórica de Ibn Galbun, héroe musulmán a caballo entre los siglos XI y XII.

Molina de Aragón constituye uno de los más interesantes conjuntos urbanos de Guadalajara, no obstante su patrimonio está declarado Conjunto Histórico-Artístico.

Su condición de ciudad-fronteriza ha dejado su reflejo en la arquitectura militar y civil de Molina, con sus castillos como monumentos más característicos de la villa.

Rodeado por un amplio recinto amurallado denominado “el cinto”, en el Castillo de Molina de Aragón destacan sus cuatro torres construidas en arenisca roja. Una de ellas, la llamada Torre de Aragón, en lo más alto del cerro, domina la población y el entorno paisajístico. Además conserva la torre del homenaje, la de armas, y la de veladores. En el patio de armas se deja ver la planta de una antigua iglesia románica. Además, con el paso de los años la ciudad ha ido ganando importancia como destino turístico, gracias a sus calles medievales, su Barrio Judío y el de la Morería.

Orea

Desde Molina de Aragón, el Camino de El Cid se dirige hacia Albarracín, donde se encuentra el Santuario de la Virgen de la Hoz, continuando dirección el Parque Natural del Alto Tajo, donde según el Cantar, El Cid pasó la noche en las Salinas de Armallá.

La ruta continuará por las localidades de Chequilla, Checa y Orea, el pueblo de más altitud de la provincia de Guadalajara.

A la entrada de Orea se encuentra el “Pairón de las Ánimas”, en sillar de arenisca rojiza, de época barroca. También pueden contemplarse las mínimas ruinas de un antiguo castillo en el cerro de la Mezquita, donde se aprecian restos de la torre levantada por el Concejo como defensa ante las agresiones del caballero de Motos.

La iglesia parroquial, dedicada a La Asunción, está construida de sillar y sillarejo, de tonos intensamente rojizos. A poniente se alza la espadaña, que termina en un remate de tipo triangular muy rebajado. La puerta de entrada se abre en el muro sur, ante un atrio abierto, y es semicircular adovelada. El interior es de dos naves. Alberga un retablo mayor barroco, con un cuadro de la Asunción y una talla de San Juan Bautista. En un altar lateral se encuentra un Cristo de talla.

En este pueblo finaliza el Camino de El Cid por tierras de Guadalajara. En la fuente de los Aguaderos de Orea, el itinerario cidiano vuelve a retomar el trazado del sendero GR-10, dirección Orihuela del Tremedal, en Teruel.