No deja de ser parte de nuestra idiosincrasia como “pueblo”, esencia de nuestras raíces y cultura, mal que nos pese (o no).

España ha cambiado poco (en cuanto a formas de ser y hacer) desde que allá por 1554 se imprimió la novela picaresca de “El Lazarillo de Tormes” donde la sátira es un elemento constante en el relato picaresco. En dicha novela el protagonista deambula por las distintas capas sociales, a cuyo servicio se pondrá como criado, lo que le permitirá conocer los acontecimientos más íntimos de sus dueños.

Todo ello es narrado por el pícaro con actitud crítica. Sus males son, al mismo tiempo, los males de una sociedad en la que impera la codicia y la avaricia, en perjuicio de los menesterosos que pertenecen a las capas más bajas de la sociedad.

Como en cada novela picaresca, la historia de Lázaro vendría a ser un gran “ejemplo” de conducta aberrante que, sistemáticamente, resulta castigada.

Entiendo que, como la novela en cuestión, la picaresca española (en general) está muy influida por la retórica de la época, basada en muchos casos, en la predicación de “ejemplos”, en los que se narra la conducta descarriada de un individuo que, finalmente, es castigado o se arrepiente.

Me viene a la mente esta humilde reflexión sobre la sátira, la picaresca y la idiosincrasia española para intentar poner cierta “comprensión” a lo que, desde hace algunas décadas, viene ocurriendo en la política española y, de manera particular, tras los pactos realizados con motivo de las últimas Elecciones Municipales y Autonómicas (también europeas).

Quizás solo desde la sátira y está picaresca tan española, junto con la codicia y la avaricia por el poder, puedan llegar a entenderse los desaguisados de fusiones, acuerdos y/o pactos políticos de todo tipo (dentro de lo que podíamos llamar política, ética, moral e idiológicamente correcta, aunque totalmente legítimo) que están teniendo lugar en esta “piel de toro” llamada España.

Pues nada, habrá que seguir viendo para creer, y me temo que este “cúmulo de despropósitos” anti natura (en términos de moral ideológica, otra cosa es si hablamos de tecnocracia) no ha hecho más que empezar.