Dos ciudades hermanadas por la forja del

El Museo Municipal de la Cuchillería de Albacete alberga, del 14 de mayo al 31 de julio, una exposición de la , íntimamente ligada a las Armas de Artillería e Infantería a lo largo de su historia.

En ella, sus artesanos realizaron los sables, espadas, machetes y bayonetas reglamentarias del ejército y piezas civiles de delicadas manufacturas.

La exposición se compone de 29 piezas cedidas por el Museo del Ejército de Madrid, que cerró sus puertas en 2005 para efectuar su traslado a la nueva sede del Alcázar de Toledo.

A las piezas procedentes del Museo del Ejército se suman otras 49 piezas más pertenecientes a los fondos del Museo de la Cuchillería o cedidas por diferentes coleccionistas como Pedro Caballero Laín, Josep María Portas, Pedro León Monleón, Samuel Setian, la propia Asociación de Espaderos de Toledo, así como Steel Warrior y José Osorio, empresas albaceteñas que en un recientísimo pasado también fabricaron espadas.

Desde el siglo XV, Albacete y Toledo son dos ciudades hermanadas por una floreciente manufactura de espaderos y cuchilleros que ha pervivido a través de los siglos. La calidad y la singularidad de la forja y el temple del acero de las hojas de espadas, navajas y cuchillos de ambas ciudades permiten una aproximación de los artesanos espaderos y cuchilleros, al mismo tiempo que constituyen un elemento diferenciador de las artesanías de estas dos localidades.

La exposición de la Fábrica de Armas de Toledo fue inaugurada por el presidente de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, José María Barreda, junto a la alcaldesa de Albacete, Carmen Oliver, y el alcalde de Toledo, Emiliano García-Page.

En opinión del presidente Barreda, esta exposición refuerza todavía más los lazos de fraternidad entre dos ciudades de Castilla-La Mancha, Albacete y Toledo.

Haciendo alusión a las dificultades que atraviesan cuchilleros y espaderos por la competencia desleal, felicitó a todas las personas que han contribuido a la creación del Museo Municipal de la Cuchillería de Albacete, al mismo tiempo que significaba que el Alcázar de Toledo se va a convertir en el mejor museo de historia militar de todo el mundo.

La alcaldesa de Albacete resaltó la unión de nuestra ciudad con Toledo por la tradición de forjar aceros, “navajas y espadas que obedecen a una costumbre artesanal que arrojó objetos artísticos al devenir de los tiempos y que representan la cultura con mayúsculas como herramienta de reivindicación de nuestra Región”, manifestó, destacando la importancia del Museo Municipal de la Cuchillería, que en breve alcanzará la cifra de 100.000 visitantes, por su proyección educacional y turística, así como por “su capacidad de buscar identidades y engancharnos en el río de las experiencias vitales de nuestros ancestros”, señaló Carmen Oliver.

Defensa de los intereses del sector

El vicepresidente del Consorcio del Museo de la Cuchillería, Amós Núñez, indicó que la exposición es fruto de diversas voluntades: “La idea surgió hace dos años, cuando la Asociación de Espaderos de Toledo visitó Albacete con el fin de intercambiar conocimientos sobre la problemática con la competencia asiática y ver cómo desde APRECU estábamos afrontándolo mediante la creación de FUDECU, la Escuela de Cuchillería, la marca de calidad AB-Cuchillería o el Museo Municipal de la Cuhillería”, recordó, agradeciendo las gestiones que Francisco Pardo Piqueras, por aquel entonces secretario de Estado de Defensa, realizó con el Museo Nacional del Ejército, así como la aportación económica de Caja Castilla La Mancha y la colaboración del Ayuntamiento de Toledo.

Amós Núñez mostró su solidaridad con todos los artesanos cuchilleros de cualquier ciudad que se puedan hermanar a través de este oficio, indicando algunas de las exposiciones temporales de otros lugares que se han exhibido en la albaceteña Casa del Hortelano como Taramundi, Santa Cruz de Mudela, el cuchillo gaucho argentino o Solingen.

Terminó su intervención Amós Núnez estableciendo un paralelismo histórico entre las ciudades de Toledo y Albacete en lo que se refiere a este sector ancestral que justifica el hermanamiento de ambas ciudades a través de esta exposición.

Toledo fue un centro espadero a nivel mundial

Las espadas forjadas en Toledo se remontan a la época romana, pero fue bajo la dominación árabe y durante la Reconquista cuando Toledo y sus gremios de espaderos jugaron un papel fundamental.

Esta artesanía tuvo momentos de gran esplendor, especialmente entre los siglos XV al XVIII, y las armas que se hacían en Toledo eran consideradas las de mayor calidad de toda Europa.

Tras la Reconquista, Toledo se convirtió en el centro espadero mundial gracias a la innovación que supuso la creación de la espada toledana con “alma de hierro”, la mejor de las espadas durante los siglos XV al XVII. En este tiempo, la producción de armas blancas estaba en manos de una nutrida red de espaderos y artesanos, que proveían a ejércitos y particulares de armas. Se trataba fundamentalmente de pequeños artesanos y gremios tradicionales de espaderos, en talleres familiares.

Sin embargo, la caída de la indumentaria del hidalgo o el caballero trajo como consecuencia la crisis en las ventas para estos pequeños oficios que se encontraban en el interior de las murallas.

Posteriormente, la Guerra de la Independencia impuso un nuevo tipo de espadas, en detrimento de las antiguas hojas castellanas que fueron sustituidas por las que procedían de Francia, empuñadas por los espadachines que se encontraban a las órdenes de los Borbones.

Poco a poco, la desaparición del artesanado toledano llevó a los estamentos militares a plantear nuevos tipos de armas, especialmente para nutrir a la infantería de sables, espadas o bayonetas, elementos básicos para la confrontación bélica y para engalanar sus uniformes.

Las espadas toledanas con “alma de hierro”, las armas más codiciadas por los espaderos europeos

Siempre hubo relación entre los espaderos toledanos y los de Damasco, donde la creación de un procedimiento de obtención de acero duro y no quebradizo alcanzó una gran importancia y reconocimiento llegando a nombrarse “acero damasquino” o “acero adamascado”, dándole estos nombres al acero tratado de igual forma a este.

Los espaderos toledanos investigaron la composición del acero damasquino y sus facultades para no quebrarse ni doblarse y descubrieron que el adorno veteado de las hojas de las espadas era la base de su calidad. Todo se debía a la mezcla, durante la forja, de materiales de diferente carbonado, generalmente el hierro y el acero.

La habilidad de los espaderos toledanos mejoró el invento e idearon la espada con “alma de hierro”, que consistía en una espada de acero duro que escondía en su interior una lámina de hierro dulce, impidiendo que la hoja se quebrara por mucho que ésta golpease o se doblase.

Estas espadas toledanas fueron exportadas a todas partes, pero lo que mayor interés despertaba en aquel mercado internacional de caballeros de capa y espada era una buena hoja toledana que llevara bien visible su marca. Por esta razón fue grande el número de espaderos europeos que adquirían las hojas de Toledo para adaptarlas a sus guarniciones o que enviaban allí sus cazoletas y gavilanes para que fueran montadas con hojas toledanas.

En Toledo eran muchos los espaderos que tenían punzón con el que marcaban su producción, respondiendo con ello de la calidad de su obra, y muchas veces, además de punzonar con su marca, grababan su nombre en las hojas, prestigiando con ello a la espada y a su poseedor.

Creación de la Fábrica de Espadas de Corte

Con una especial preocupación por las artes y las ciencias y con una clara política industrial, llegaba a España en 1760 el rey Carlos III, quien instaló varias Reales Fábricas: la Fábrica de Metales de San Juan, la Fábrica de Paños de Brihuega, la Real Fábrica de Tejidos de Seda de Talavera y la Real Fábrica de Espadas de Corte de Toledo, denominación con la que se conoció, en un primer momento, a la Real Fábrica de Armas.

En el año 1761, Carlos III aprobó la fundación de la Real Fábrica de Espadas de Corte, donde se reunieron todas las personas que formaban este gremio. Inicialmente, el establecimiento fabril se ubicó en unos corrales de la Casa de Correo, en el centro de la ciudad.

En aquellos momentos el artesanado estaba en declive y para poner en marcha la Fábrica de Toledo hubo que traer desde Valencia al espadero Luis Calixto, ya anciano, al que se unieron cuatro artesanos toledanos.

Las razones que llevaron a Carlos III a fundar esta Fábrica fueron, fundamentalmente, dotar a los ejércitos de espadas y sables, unificar el armamento en cuanto a sus características y satisfacer las necesidades de producción demandadas por los ejércitos.

La elección de Toledo para ubicar la Fábrica se debió al aprovechamiento de la energía hidráulica generada por las aguas del Tajo, su privilegiada situación respecto a la Corte, así como la fama y gran renombre que precedía a cualquier acero toledano.

El edificio Sabatini

La Fábrica pronto necesitó una nueva ubicación fuera de la ciudad para surtir de armas al ejército imperial. En marzo de 1765 Carlos III encargó la dirección de la factoría al Conde de Gazola, quien a su vez encargó el proyecto de un nuevo edificio al arquitecto italiano Sabatini, creador de los jardines del Palacio Real de Madrid y quien elevó un majestuoso edificio en su entrada.

En noviembre de 1777 se firmaba la compra de unos terrenos en la llamada Huerta de la Vega para la construcción de una obra que se terminó en 1780, según atestigua la inscripción que se puede leer en su acceso principal,“CAROLO III REGE ANNO MDCCLXXX”. En 1781 se instalaron las fraguas y las máquinas de amolar y se comenzó a trabajar en la nueva fábrica. En 1783, tras una fase de pruebas, la Fábrica se entregó al Real Cuerpo de Artillería.

El nuevo edificio de la Real Fábrica de Armas, aunque de gran sobriedad siguiendo el estilo de bloque compacto similar al resto de las Reales Fábricas, se realizó siguiendo la tipología clásica de edificio civil: la fábrica como palacio.

Desde los primeros años se realizaron ampliaciones con la construcción de nuevos edificios para talleres y almacenes.

Si ya desde el inicio la Fábrica se convirtió en una pequeña ciudad, con la construcción de edificios para vivienda de trabajadores, así como servicios -capilla, escuela, campo de fútbol, tiendas, etc.-, en el siglo XX este importante complejo llegó a marcar el ritmo diario de Toledo.

Decadencia del arma blanca

Con casi cien años cumplidos, la Fábrica debió adaptarse a las nuevas necesidades de los ejércitos, ya que la forma de pelear sufrió una profunda transformación: las cargas de caballería dejaron paso a la ocupación del terreno por la infantería con su fusil y bayoneta.

De manera que para dotar a los fusiles de la munición suficiente y precisa para el combate se inició la actividad como fábrica de cartuchería, disminuyendo la elaboración de armas blancas. El general Fernando López de Olmedo y Gómez recuerda en uno de sus artículos que en 1840 se modernizó la Fábrica con la ampliación de los talleres y la fabricación de cartuchos metálicos para las armas de fuego.

A finales del siglo XIX se instalaron máquinas hidráulicas que aprovechaban las aguas del Tajo para aumentar una producción que llegó a las 40.000 hojas anuales y unos 200.000 cartuchos.

Durante el siglo XX, la fabricación de armas blancas para la tropa quedó reducida exclusivamente a bayonetas y machetes y, tras la Guerra Civil, al suministro de sables a oficiales y suboficiales de los diferentes cuerpos del ejército para sus trajes de gala.

No obstante, aparecieron nuevas necesidades industriales. Con motivo de la carencia de material quirúrgico durante la Primera Guerra Mundial, se procedió a iniciar la fabricación de este tipo de instrumental. Igualmente, se iniciaron trabajos destinados a la población civil como, por ejemplo, cuberterías y tijeras.

El cierre de la Fábrica estuvo precedido por años de decadencia que se inicia en la década de los años sesenta. Gradualmente se ve desplazada por la aparición de nuevas tecnologías y una disminución en la demanda. A pesar de ello, la Fábrica se adaptó a las nuevas tecnologías, prueba de ello es que en sus útlimos años de actividad se habilitó un nuevo taller para tubos lanzadores de cohetes de fibra.

La Fábrica se cierra definitivamente en la década de los ochenta y sus edificios se han rehabilitado para convertirla en el principal campus universitario de Toledo.

La Fábrica, convertida en campus universitario de la UCLM, vuelve a ser un centro importante

Con el cierre de la Fábrica a mediados de la década de los años ochenta, se planteó dedicar el conjunto de sus instalaciones a un nuevo uso. El Ministerio de Defensa firmó un convenio con el Ayuntamiento de Toledo, a través del cual éste se hizo cargo de los terrenos y edificios, cediéndoselos a la Universidad de Castilla-La Mancha que inició en 1998 un magno proyecto de rehabilitación, de casi 12.000 metros cuadrados de naves, para ubicar allí el campus Tecnológico de Toledo. Las naves rehabilitadas conservan su estructura industrial, con su interior adaptado a los nuevos usos.

Ya en 1910, empezó a existir en la Fábrica una actividad docente, con la creación de la Escuela de Aprendices. En ella se formaron los operarios que la Fábrica necesitaba para completar su plantilla.

En palabras de José María Barreda, “aquella Fábrica de Armas, tan fundamental para interpretar la sociedad y la economía de la ciudad de Toledo, es ahora fábrica de inteligencia, un campus universitario. Tal vez es una metáfora hermosa de lo que en Castilla-La Mancha estamos sabiendo hacer en la Sociedad de la Información, en la Sociedad del Conocimiento, en la sociedad del siglo XXI, en la cual sabemos que la materia prima más importante es la materia gris, la inteligencia de los hombres y de las mujeres de nuestra sociedad”, aseguró el Presidente en la inauguración de la exposición que se podrá visitar hasta el 31 de julio en el Museo Municipal de la Cuchillería de Albacete.